Miércoles de aventuras.
La gesta empezó con la bajada de escalones de casa (que por estos días equivale a trepar un muro de 2 metros), y el disparo de inicio fue el golpazo accidental que ligó el equipo del VAC ni bien lo subimos al auto. No sonó la alarma y siguió funcionando. Zafamos.
Durante el viaje la pasajera midió bastante sus críticas a las cunetas y a la coctelera de los pasos a nivel. Un enorme punto a favor fue que hoy en el sanatorio donde veía al cirujano, también atendía el kinesiólogo que la está tratando, que se ofreció a ir a recibirla para ayudar con el traslado por el edificio. Cuestión que al final terminó siendo una sesión de kinesiología improvisada, con escaleras, rampas y uso intensivo de piernas.
La evaluación de la herida fue que, si sigue todo como viene, en unas dos semanas se podría estar dando por terminada la fase VAC y volverían las curaciones con azúcar, pero ya como instancia de cicatrización final.
La consigna para acelerar la curación: comer MUCHA carne, para meterle una gran carga de proteínas al motor.
¿Alguien dijo parrillada todos los días?
Bueno. Pero, pero sin perder un hígado por semana.
En tres semanas, nuevo control con el cirujano.
El resto del día fue un poco la rutina de esta última semana: un poco de siesta, sillón, lectura y series. Por momentos estamos notando algo más de fuerza e iniciativa. No es un gran brillar, pero alcanza para seguir empujando y creyendo que hay buenas cosas por venir.
Digno cierre del día: justo antes de dormirse, de la nada empezó a sonar la alarma del VAC.
El Ingeniero metió mano, hizo unas magias con el sellado y la máquina se calló.